Por qué hago esto.
Hay una pregunta que me hacen a veces, con cierta incomodidad, como si les avergonzara no entenderlo del todo: ¿y tú por qué haces boudoir? Esta es mi respuesta larga.
La respuesta corta es que empecé por accidente, como casi todo lo que acaba importando de verdad.
Llevaba años haciendo fotografía. Retratos, moda, social… Pero en 2020, una persona cercana me pidió un favor: fotografiarla para ella. Solo para ella. Sin destino público, sin red social, sin nadie más. Solo quería verse.
Ese día entendí que la fotografía podía hacer algo que yo no sabía que podía hacer: devolverle a alguien la imagen de sí misma que los años, el cansancio, o los demás le habían ido borrando. Desde entonces no he parado.
No tengo un estudio. Lo digo con orgullo, no como disculpa.
Trabajo en apartamentos privados que elijo por su luz: luz natural, habitaciones con temperatura, espacios donde una persona puede relajarse de verdad. Nada de fondos blancos de clínica ni paraguas plateados que intimidan más que tranquilizan.
El entorno importa más de lo que se suele reconocer. Una mujer no se abre frente a una cámara en un sitio que no le da confianza. Y si no se abre, las fotos lo dicen. Siempre.
«Las mujeres que vienen a trabajar conmigo no vienen porque ya se quieren. Vienen porque quieren empezar a hacerlo.»
He fotografiado mujeres de treinta años y de sesenta. Mujeres que acababan de ser madres y mujeres que acababan de divorciarse. Mujeres que nunca habían hecho algo así en su vida y mujeres que lo hacían por segunda vez porque la primera les cambió algo.
Lo que tienen en común no es el cuerpo, ni la edad, ni la confianza previa. Lo que tienen en común es que llegaron con una pregunta —¿cómo me vería si alguien me mirara de verdad?— y se fueron con una respuesta que no esperaban.
Eso es lo que hago. No retratos. No poses. No fotos para las redes. Respuestas.
Hay algo que aclaro siempre antes de empezar, porque importa: ninguna imagen sale de esa habitación sin tu permiso explícito.
No hay galería pública por defecto. No hay Instagram automático. Las fotos son tuyas, y lo que haces con ellas —guardarlas solo para ti, regalárselas a alguien, o no hacer nada con ellas y simplemente saber que existen— es una decisión que tomas tú, sin presión y sin fecha de caducidad.
He tenido clientas que me pidieron borrar todas sus imágenes después de verlas. Lo hice sin preguntar por qué. No necesito saberlo. La confianza no funciona a medias.
Una cosa más, porque creo que vale la pena decirla con claridad:
El boudoir no es fotografía erótica. No me piden desnudos explícitos y no los hago. Lo que hago es fotografía íntima: sensual a veces, elegante siempre, y sobre todo honesta. La diferencia entre una foto que te hace sentir expuesta y una que te hace sentir poderosa está, casi siempre, en el nivel de confianza que hay en la habitación antes de que empiece la sesión. Eso se construye, no se improvisa.
«Lo que quiero es que, cuando veas tus fotos, pienses: sí. Así me siento yo por dentro.»
Abel
